“Para vivir de la literatura en Colombia hay que hacer maravillas”, me dijo una vez Ramón Bacca, célebre escritor samario. Hay que ser conferencista, dictar clases, ser analista experto en algún tema o periodista/columnista fijo en un medio de comunicación. Todo esto porque el dinero que se gana un escritor no alcanza para mucho, a menos que vendas miles y miles de copias de tus textos.
El mismo sistema en el que se encuentra inmerso nuestro país, excluye cierto tipo de inclinaciones laborales e intelectuales como la que mencioné en el párrafo anterior, promoviendo comportamientos que sean útiles –en su mayoría– para la producción en masa y el trabajo incesante que beneficie a los ya beneficiados de antemano. Gracias, capitalismo.
Si bien es cierto que sin éste sistema económico probablemente yo no estaría escribiéndoles esto desde mi casa en mi propio computador, también es cierto que muchas de nuestras necesidades han sido creadas o reafirmadas por esta forma de vida. ¿Qué pasa con aquellos que no quieren trabajar ocho horas diarias haciendo una labor repetitiva? ¿Qué sucede con aquellos que tomamos la vía del arte como espada, libro, escudo, azadón? ¿Por qué el artista no ve reconocido y recompensado su trabajo como debería?
Si nos vamos a las condiciones políticas y económicas que definen cómo y dónde se invierten los recursos, nos damos cuenta que desde que empieza la cadena de formación en las facultades de Bellas Artes, por ejemplo, el apoyo es significativamente menor al que se le da a los demás programas académicos. No nos vayamos muy lejos: en Barranquilla tenemos la sede de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico, que está en avanzado estado de deterioro. Si no apoyamos a nuestros estudiantes existen menos posibilidades de que logren completar sus estudios de forma adecuada y eficiente. No quiere decir que el artista necesariamente deba tener una formación académica, pero en muchos casos esto se convierte en un indicador de gestión para medir cuánto hemos logrado en el cambio de paradigmas. ¿Qué se deja para aquellos que intentan vivir del arte en un territorio hostil con lo divergente?
Faltan lectores, soñadores, críticos y personas al interior de nuestra sociedad y gobierno que ayuden a valorizar el trabajo de los artistas. Ser artista es una profesión en sí misma, no necesitaría ejercer otra cosa más que la creación impactante que toque los corazones. Con eso basta. O debería bastar. En todo caso, soy de los que creen que esto puede cambiar, aunque parezca imposible.
Como escribió Mario Benedetti en su poema Un Padre Nuestro Latinoamericano, “ya que nos queda pocas esperanzas y deudas / perdónanos si puedes nuestras deudas / pero no nos perdones la esperanza”… patria.
eduarbarbosacc@gmail.com
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